
Por si alguien lo dudaba, lo relatado hasta ahora no solo es real, sino que actualmente pinta bastante mal.
Y eso que no hemos contado más que una parte de la historia.
Incrédulos sigan este enlace

La noticia del la muerte de una persona en un puesto de la Guardia Civil en circunstancias cuanto menos oscuras y que estos días ocupa las primeras páginas de todos los diarios, por terrible y novedosa, trae a mi memoria los hechos que, hace mas de veinticuatro años ocurrieron en ese mismo cuartel de la Guardia Civil.
Juan Mañas, Luis Montero y Luis Manuel Cobo, tres trabajadores del norte de España, que acudían a la comunión del hermano pequeño de unos de ellos en Roquetas de Mar, fueron confundidos por la Guardia Civil con tres terroristas de los más buscados en ese momento por el reciente atentado en la capital de España contra el general Valenzuela, jefe del Cuarto Militar del Rey.
A pesar de la evidencia de que todo era un error, Mañas, Montero y Cobo fueron asesinados y posteriormente sus cadáveres quemados en el interior del vehículo alquilado en el que llegaron al pueblo.
Siguiendo instrucciones del teniente coronel de la Guardia Civil Castillo Quero, la muerte se intento encubrir como fruto de un intento de huida de los tres pobres inocentes.
Tras el procedimiento judicial correspondiente, el Tribunal Supremo confirmaría la sentencia de 24 años de cárcel contra el teniente coronel Castillo Quero, 15 para el teniente Gómez Torres y 12 para el guardia Fernández Llamas, implicados directamente en los crímenes.
Un Guardia Civil anónimo, llego a enviar una carta a la familia de uno de los asesinados diciendo:
«...al principio le dieron una gran paliza, especialmente por el guardia C..., perdiendo el conocimiento. Entonces lo mataron con un tiro de pistola cada uno que recivieron (sic) por separado.Posteriormente los embolvieron (sic) en mantas viegas (sic), penetrándolos en el Ford Fiesta...ordenando Castillo Quero, que fueran volcados en el sitio que no les viera nadie y se les pegara fuego para que no conocieran los mal tratos... Antes de pegar fuego con la metralleta de los compañeros el Guardia C. gastó dos cargadores de 30 cartuchos cada uno sobre los cadáveres en combinación con el depósito de la gasolina del Ford. Sin nada más se despide un gran amigo de Vds que en la actualidad es Guardia Civil pero no asesino. No me identifico porque sería una cosa no oportuna para mí»
Se llego incluso a hacer una película que relataba los hechos, titulada “El Caso Almería” dirigida por Pedro Costa y protagonizada, entre otros, por un jovencísimo Antonio Banderas, Juan Echanove, el desaparecido Agustín González, Fernando Guillen ,Iñaki Miramon y Pedro Díez del Corral.
También se publico un extenso libro informe del asunto por Antonio Ramos Espejo en la Editorial Argos Vergara; en el año 1982, actualmente descatalogado, pero que yo poseo en mi biblioteca, y que no hace mas de dos años que releí.
La consecuencia es que, comparando los hechos de hace veinticuatro años con los de hace unos días, parece que en Roquetas de Mar, ciertos Guardias Civiles, que en ningún modo representan a la institución a la que pertenecen, no conocen su historia mas próxima y al parecer han cometido un delito se similares características a aquel que, tras pasar a la historia negra de la Guardia Civil, vuelve a la memoria, desgraciadamente, de muchos de nosotros.
Antes de leer este capítulo quizás deberías leer los dos anteriores

La primera vez que oí la voz de Laura no la olvidaré nunca. Tuve la misma sensación de sorpresa que cuando entrevistan a alguien que dobla a un actor famoso. No cuadra la voz con la cara, o la cara con la voz.
Al escuchar la voz de Laura, instintivamente miré tras ella para ver si realmente era quien hablaba o no. Tiene una voz y un acento muy oído en los chistes de gitanos, del tipo “Ayyyyyy paaaaaaaaallo” o algo así. Muy cómico sino fuera por la situación.
Meses más tarde, un fiscal muy cachondo, al conocer a fondo la historia de Laura y Andrei les apodaría -con una gracia que entonces no encontré- como “la Jessy” y “el Rubén”, personajes de un programa de televisión llamado “hommo zaping”.
Lo cierto es que ese –vamos a llamarlo acento- me descolocó y al repasar mis conversaciones con Ana como con Salvador, así se llamaba el padre de Laura, no encontré en ellas indicio de acento o forma de hablar similar. A día de hoy ignoro los motivos del deje calé de Laura.
Pasada mi sorpresa inicial, a preguntas de la juez de guardia, Laura, con cierto esfuerzo debido a lo desconocido de la situación, fue desgranando poco a poco los hechos, empezando a contar la relación con Andrei desde el inicio.
El cuadro clínico que describía es lo que yo profesionalmente denomino “cabronazo-que-se-cree-que-su-novia/mujer/rollo-es-de-su-propiedad” y con esa concepción cosificada de la novia/mujer/rollo se cree con el derecho natural, consuetudinario o divino, según el origen cultural o religioso del cabronazo, de sacudirle la badana con una intensidad y frecuencia variables según el caso.
Es obvio que este tratamiento físico esta reservado a la novia/mujer/rollo y no al resto de seres vivos, incluidos animales; aunque no descartan ampliar el tratamiento a los hijos de la novia/mujer/rollo si se interponen en el tratamiento físico-educativo, o aquellos entrometidos –léase trabajadores sociales, agentes de policía, abogados y otros metomentodo- que le afeen la conducta o incluso aconsejen al objeto de su propiedad denunciarle.
Tras extraer entre la juez y la fiscal los hechos del interior de Laura, como quien extrae una cuerda muy fina desde su interior que no hay que romper, poco a poco y sin tirones bruscos, quedo poca chicha para aprovechar.
Mis preguntas, buscando no repetir las ya planteadas, incidieron en la parte más abrupta, aclarando detalles, o dándole a Laura la oportunidad de relatar cuestiones concretas que me había contado Ana y que juez y fiscal no habían preguntado, y sobre todo, edificando, con las respuestas ya sabidas, las paredes de la celda para Andrei, apuntalando los cimientos fundamentalmente en el hecho de las lesiones y las amenazas.
Ally MacBeal en su turno de preguntas, intentó sin éxito dar la vuelta a la tortilla basando sus preguntas en la sarta de mentiras que Andrei había soltado en ese mismo despacho hacía unos minutos.
Como no hay más cera que la que arde, terminadas las declaraciones, salieron Laura y Ana y la policía volvió a subir a Andrei para la vista del juicio rápido propiamente dicha.
Cuando entró de nuevo en el despacho, como ya era veterano y sabía el papel de cada uno, interpretó el suyo dedicándome una mirada de duro de peli serie b.
Conmigo vas dao chaval, pensé.
La comparecencia comenzó y la fiscal solicitó la celebración de juicio en el que Andrei tendría la condición de acusado de un delito de violencia doméstica, y nos leyó su escrito de acusación.
En ese momento nos entregó a Ally y a mí una copia de su escrito. En un aparte me encomendó la tarea de ocuparme de averiguar la exacta identidad de la amiga cagueta de Laura para citarla al juicio, ya que Ally ya le había comentado que no iba a conformarse y habría juicio ante el juzgado de lo penal, y Laura en su declaración manifestó no recordar exactamente apellidos y dirección de su amiga.
Tras la acusación de la fiscal, haciendo uso de mi derecho, solicité un aplazamiento de hasta cinco días para presentar mi escrito de acusación y la juez me lo otorgó.
Ally se mostró conforme con todo menos con la acusación de la fiscal y se le remitió a presentar su escrito de defensa cuando yo presentara el mío.
Cerrada el acta y firmada, la juez nos emplazó para el juicio ante el juzgado de lo penal en aproximadamente diez días.
En ese momento solicité lo que la juez me indicaba con una mirada en silencio que estaba esperando desde hacía rato: la orden de protección.
Tras exponer someramente y de forma jurídica lo cabrón que es el Andrei, las ostias que le ha dado a Laura y las que le va a dar sino le ponemos coto, solicité a su señoría que prohibiera a Andrei aproximarse físicamente a menos de trescientos metros a Laura, a su domicilio y a la academia donde estudia estilismo; así como prohibiera a Andrei comunicarse con ella por cualquier medio, inclusive el móvil.
La fiscal aplaudió con las orejas y dijo que bueno, que conforme y que no añadía nada.
Ally, no sabiendo muy bien como lidiar el tema mostró su conformidad con las medidas solicitadas.
Terminado el acto, nos levantamos muy formales y todos nos dimos la mano y nos saludamos. Bueno todos menos yo, que no salude a la juez y a la fiscal por que ya las había saludado y despedido tres veces a lo largo de la mañana, y sabe Dios, tal y como pintaban las cosas, si no nos volviéramos a ver en un rato.
Cuando salimos, nos dispusimos a esperar la redacción final del papeleo, del auto de protección fundamentalmente, y aproveche la ocasión para susurrar a Ally con una sonrisa:
- Dile a tu cliente que como se vuelva a acercar a Laura me voy a encargar personalmente de que lo empapelen.
La verdad es me pasé con el tono y Ally se asustó un poco. Pero de algo tienen que servir un metro noventa de abogado y ciento diez kilos de peso.
Ally, retrocediendo un poco, me contestó con voz un poco chillona.
- Y tú dile a la tuya que tampoco le llame ni se acerque a él.
Y muy digna se dio la vuelta y se marchó al otro extremo de la sala.
Algunos dicen que soy un cerdo no corporativo y que esos modos de Eastwood en Harry el sucio con los compañeros me van a perder un día, pero ellos no saben lo que disfruto.
Para entretener la espera me acordé de que el macho men de Andrei había negado ante la juez ser el titular de determinado número de móvil desde el que se habían mandado amenazas, y que Ana me había asegurado de que ese móvil era suyo
Localicé la copia de la declaración de Andrei y tras encontrar el número, lo marqué en mi móvil y esperé.
Había dos opciones: si daba apagado y fuera de servicio, casaba con que fuera de Andrei, por que la policía retira a los presos los móviles y los apaga.
Sin embargo, si alguien contesta, chungo. Señal de que Andrei no tenía ese móvil en su poder cuando lo detuvieron.
Pronto la duda que me embargaba se desvaneció:
“el número al que llama esta apagado o fuera de cobertura en este momento”
Colgué pensando que cuando pusieran en libertad a Andrei lo volvería a intentar.
En ese momento me llamó la funcionaria encargada del asunto y me entregó el auto de protección.
La juez había adoptado todas las medidas que yo había solicitado, y de propina obligaba a Andrei a presentarse en el juzgado los días uno y quince de cada mes.
Con el papel en la mano, me acerqué a Laura, Ana y Salvador y les comenté lo sucedido y haciéndoles entrega de una copia del documento.
Pensando en las palabras de Ally, miré muy serio a Laura, y poniendo cara de duro de película le dije.
- Ahora pondrán en libertad a Andrei. No quiero que vuelvas a tener nada con ese cobarde, ni llamadas, ni citas, ni ostias.
Ana al escucharme, parpadeo tras sus lentes. No se esperaba semejante rudeza en el lenguaje, pero asintió conforme.
Como el que calla otorga, continué en tono algo más paternal
- Si se acerca a ti o te llama, avisa inmediatamente a la policía. Lo detendrán y lo encerrarán tirando la llave.
Continué explicándoles como se desarrollaría el juicio y la fecha del mismo, y quedamos en llamarnos para que me dieran los datos de la amiga traidora.
También les recordé que Laura no vería a Andrei en el juicio por que declararía tras un biombo, y me dispuse a contestar las dudas y preguntas que tuvieran.
Tras aclarar detalles, nos despedimos en la puerta del juzgado.
Viéndoles marchar en dirección a la próxima parada de autobús, miré el reloj.
La hora de comer hacía rato que había pasado, pero en el bar que hay en los bajos de mi despacho tendrían un pincho de tortilla y una caña para mi.
Tras un paseo hasta el despacho, cuando me disponía a entrar en la cafetería, de nuevo sonó el móvil.
Controlé el juramento que me venía a la boca al comprobar que esta vez no era el teléfono de la guardia el que sonaba, sino el mío particular.
Llamada oculta, que gracioso.
- ¿Dígame?, contesté
Alguien con acento extranjero respondió
- ¿Sí, oiga, quién es? He recibido una llamada desde ese teléfono.
He de reconocer que sentí un escalofrío antes de colgar sin hablar, al reconocer la voz de Andrei.
Antes de leer este capítulo quizás deberías leer el anterior

Todavía estaba asimilando el relato de Ana, cuando la funcionaria me llamo para darme la copia del atestado policial.
Tras disculparme ante mis clientes, me encerré en el despacho de los abogados de guardia a leerlo con tranquilidad.
Andrei aparentemente no tenía condenas anteriores, pero si había estado detenido en una ocasión hacía unos meses por un delito de allanamiento de morada.
El relato del atestado policial incluía la denuncia presentada por Ana en nombre de Laura y coincidía a grandes rasgos con la historia que me habían contado. Tras tomar algunas notas en mi bloc, salí del despacho y me dispuse a explicar a la familia como se iban a desarrollar los acontecimientos a partir de ese momento.
- Vamos a solicitar una orden de protección dentro del procedimiento de juicio rápido que se va a celebrar dentro de unos minutos. Con eso conseguiremos que el juez le ordene a Andrei que no se acerque ni se comunique con Laura. Al mismo tiempo le vamos a acusar por un delito de lesiones específicas por violencia doméstica por la agresión y por una falta de amenazas por los mensajitos del móvil. Si su defensa se conforma con esta acusación, hoy mismo será condenado con una rebaja de un cuarto de la pena que pidamos. Si no se conforma, iremos a juicio dentro de unos días y entonces le condenarán a la pena completa.
- ¿Laura va a tener que verlo? me pregunto Ana.
- No –contesté- la ley establece un procedimiento que supone que al menos hoy no se encontrarán. Si su defensa se la quiere jugar y va a juicio normal, en teoría si se verán, pero pediré entonces que declare tras un biombo para que ni ella ni él tengan contacto visual.
Tras rogar a Ana y su familia que aguardaran en la sala de espera, pase a la zona reservada del Juzgado de Guardia.
Allí pregunté por la abogada de Andrei y un funcionario me la señaló.
La letrada de Andrei era una compañera pequeñita, de mi edad, o sea, más cerca de los cuarenta que de los treinta. Era una letrada fashion de ojos azules tipo Ally MacBeal; que van al juzgado vestidas como si fueran de boda en vez de a currar defendiendo a lo más granado de los bajos fondos de la ciudad.
Vestía un pantalón negro muy ajustado, de tela cara, de esa que recuerda a la seda, y jersey color crudo algo pasado de moda, de esos de cuello alto y manga corta que hicieron furor en las pijas hace años. Me llamó la atención la pulsera que llevaba en la muñeca izquierda. Era muy ancha, negra, de algo parecido al terciopelo con adornos de pedrería negros. Ally era rubia teñida, con el pelo liso y media melena, muy cuidado, como recién salido de la peluquería. Cuando me acerqué a ella olí a perfume caro.
Como era habitual, Ally, mi compañera, ya se había entrevistado con Andrei en comisaría y tenía conocimiento de la acusación y de la denuncia.
Tras intercambiar una muda mirada de saludo, me aproxime a ella y le pregunté
- ¿Llevas idea de conformarte?
Me miró sin expresar ninguna emoción.
- No, en absoluto. Es tu clienta la que no deja en paz al mío y la culpable de la situación es sólo ella.
Conté mentalmente hasta diez, el tiempo suficiente para parar las palabras que me subían por la garganta. “Esta haciendo su trabajo, tu harías lo mimo en su lugar, tu harías lo mismo en su lugar” me repetí varias veces.
Con la mejor de mis sonrisas forzadas le dije:
- Bueno, pues iremos a juicio al penal, pero voy a pedir alejamiento y no comunicación en orden de protección.
- No me voy a oponer
Ni aunque te opusieras Ally -pensé- se la van a imponer igual.
En ese momento suben de calabozos a Andrei y lo pude ver por primera vez.
Escoltado por un policía y sin esposar, aparentaba los veintidós años que el atestado decía que tenía, y con una altura que apenas pasaba del metro sesenta y cinco rompía el estereotipo de los lituanos y demás naturales de la antigua república soviética o del este de Europa.
Tenía el pelo cortado casi al cero y sus ojos, de un azul claro, buscaban alguna cara conocida.
Al ver a su abogada, intentó decir algo, pero el policía, con suavidad pero con firmeza, lo tomó de un brazo y lo introdujo en el despacho de la juez de guardia.
- ¿Has hablado con la fiscal? Le pregunté a la MacBeal
- Yo no, ¿y tú?
- No me hace falta, ya he hablado bastantes veces con ella hoy y sé que apoyará mi petición.
Pasamos al despacho de la juez y tras los saludos de Ally a esta y a la fiscal, y un gesto mío con la cabeza a las dos funcionarias con las que ya me había reunido en varias ocasiones a lo largo de la mañana, comenzamos la comparecencia.
El interrogatorio a Andrei fue breve pero conciso.
Tras afirmar que hablaba y entendía el castellano, renunció al intérprete y escuchó como la juez le leía sus derechos.
Tras firmar la lectura de derechos la Juez le preguntó por el contenido de la denuncia y, en pocas palabras, Andrei negó todos los hechos, y contó una historia que nada tenía que ver con el relato de la denuncia de Ana y Laura.
La voz de Andrei era casi un susurro, y hablaba muy bien el castellano.
Lo hablaba demasiado bien.
Se extendía demasiado en las respuestas, y enlazaba con cuestiones que nada tenían que ver con lo preguntado, de manera que era necesario que la juez le cortara y le pidiera que se limitara a contestar a lo preguntado.
Todos los que estábamos en la sala nos dimos cuenta que mentía, y además mentía muy mal.
Cuando llegó el turno de preguntas de la fiscal, siguió en la misma línea. Contestaba de manera muy confusa y atropellada, contando historias increíbles y asegurando que tenía cientos de testigos que podrían acreditar que el no había agredido a Laura. Que eran novios, que ella le quería y que no sabía por que estaba allí.
Cuando la juez me dio la palabra le pregunté por el mordisco y por el parte de lesiones del Hospital que había atendido a Laura.
Sus respuestas se iban por los cerros de Úbeda. Pedí a la juez que le conminara a responder a las preguntas, y allí fue cuando cometió su primer error.
Declaró que el mordisco no se lo había dado ese día, sino otro.
“Bingo” pensé, te acabas de ganar unos mesecitos a la sombra por lesiones en ámbito doméstico.
Le pregunté por los mensajes de texto y sobre los números de teléfono desde los que habían sido mandados.
Reconoció un mensaje y negó los otros dos.
Le pregunté si los números de origen eran suyos y contestó que uno si pero el otro no.
Volví a preguntarle si el número que negaba, el seis seís cinco … era suyo y lo volvió a negar.
En su turno de preguntas Ally intentó quitar hierro al asunto, intentando dejar a Laura como una putilla calienta pelotas.
Por la cara de la fiscal y la juez me di cuenta de que estaba consiguiendo el efecto contrario al pretendido.
Terminado el interrogatorio y firmadas las actas, era el momento de que pasara Laura acompañada de Ana.
Mientras esperábamos, la juez le pregunto a Ally si se iba a conformar con la acusación.
Ally, levantándose un poco del asiento para darse impulso contestó que rotundamente no, que su cliente no era culpable, que lo negaba todo y que …
La juez le cortó.
- Con el “no” era suficiente.
En ese momento, se abrió la puerta y entraron Laura y Ana.
Tras tomar asiento, observé que, como era habitual, tanto el rostro de la juez como el de la fiscal se habían dulcificado un poco y examinaban con interés a Laura.
Tras las presentaciones y la lectura de los derechos que como víctima tenía, empezó la declaración de Laura.

Otra vez el móvil. La Ley de Murphy no falla. Acababa de terminar una asistencia a una víctima de violencia doméstica y cuando me había alejado veinte metros del Juzgado de guardia volvían a requerirme.
Conteste con una sonrisa forzada –el interlocutor lo nota, según leí en alguna parte—y procurando disimular el cansancio en mi voz.
- Llaman del Juzgado de guardia por que una víctima de violencia doméstica quiere solicitar una orden de protección y ha pedido abogado de oficio, me dice la telefonista.
- Pues que suerte –le contesto sonriendo esta vez sin fingir—por que estoy a unos metros, acabo de salir.
Tras despedirme, tomar los datos pertinentes, y colocar el móvil de la guardia en el bolsillo, junto al mío personal, retomo mis pasos en dirección al Juzgado de Guardia, de donde acababa de salir.
Tras acercarme al mostrador le pregunto a la funcionaria
- ¿Quién ha pedido un letrado del Servicio de Atención a las Víctimas de Violencia Doméstica?
La funcionaria levanta una ceja con gesto de sorpresa.
- ¿Pero tú no te acabas de marchar?
- Si --le susurro mientras suspiro—pero esta guardia esta calentita.
Tras informarme del funcionario, funcionaria en este caso, que me ha requerido, me acerco a mis clientes.
Y digo mis clientes por que la funcionaria me señala a tres personas que esperaban sentados en los asientos de la zona de espera.
Aparentaban ser un matrimonio de clase obrera, pues el llevaba ropa de trabajo, y ella iba vestida de forma sencilla y con ropa muy usada pero limpia. Me miraba tras unas gafas de cristales muy gruesos. Calculé que estarían los dos entre los treinta y cinco y la cuarentena.
Entre ellos se sentaba una chica con acné muy pronunciado, con el pelo teñido de rubio platino, casi blanco, y exageradamente maquillada para los dieciséis o diecisiete años que aparentaba.
Vestía unos pantalones acampanados años setenta color pistacho y calzaba un híbrido entre botas y zapatos deportivos de suela escandalosamente gruesa, del estilo al de las muñecas bratz que le gustan a mi hija María.
De cintura para arriba lucía una camiseta muy ajustada y escotada y de mangas que solo le llegaban hasta las muñecas, dejando entrever el poco pecho que tenía.
El modelito me pareció bastante desagradable a la vista, pero en fin, para gustos, los colores.
Tras las presentaciones, observé que, al contrario de lo que suele ser habitual, no parecían nerviosos y que la portavoz familiar era la madre.
La historia, por sabida, no dejaba de ser lamentable, pero en aquel momento no podía imaginar mi grado de implicación con esa familia y su problema.
Tras las presentaciones les rogue que me contaran el problema.
Tras tomar aire, la madre empezó la historia.
Laura, que así se llamaba la chica, había tenido novio hasta principios de verano. La relación era conocida y consentida por los padres de Laura, pero detecté que ese consentimiento era fruto de la impotencia y la pérdida de control sobre Laura.
Ana, la madre, me iba desgranando con relativa coherencia y cierta tranquilidad los hechos: que había visto muy rara a su hija en los últimos días, y tras mucho insistir, consiguió que le confesara que Andrei, su novio lituano, le calentaba con frecuencia y cada vez mas fuerte y por motivos más banales.
Vaya con el cabrón de Andrei, pensé, tendremos que hacer algo.
Tras la confesión, Ana convenció a Laura para que dejara a Andrei y buscara alguien que le expresase su cariño sin darle de ostias.
El hijoputa de Andrei parece que se lo tomo bastante mal, y, luego de que Laura le comunicara su decisión por teléfono, este había empezado a amenazarla por teléfono y a buscarla por todas partes.
Llegados a este punto, Ana le pidió a Laura su móvil y me enseño hasta tres mensajes de contenido amenazante en el teléfono de Laura.
Entre los XQ y TQRO habituales de los SMS, se dejaba entrever que Laura y Andrei habían mantenido constantes y habituales relaciones sexuales.
Busque la mirada de Ana, y tras los gruesos cristales de sus gafas, salvo cansancio y horas de insomnio, no pude adivinar nada más.
El caso es que el Andrei, al final dio con Laura.
Aconsejada por su madre de que no contestara a sus llamadas telefónicas, Andrei empezó a hacer uso de esa astucia de las llamadas ocultas para que Laura no supiera a ciencia cierta que el la llamaba.
Ante semejante derroche de ingenio, Andrei consiguió que la curiosidad de Laura pesara más que los consejos de Ana, y contestara a las llamadas, aunque no hablaba y dejaba que Andrei se explayara.
Cuando Andrei escuchaba a Laura decir ¿digamé? , se enfurecía cual cabestro del tres al cuarto y salpicaba el oído de la niña con todo tipo de lindezas.
En una de estas, Andrei, que según he podido saber después es bastante hijoputa pero no es tonto del todo, escucho y reconoció de fondo la voz de una amiga de Laura.
A casa de esta amiga Laura solía acudir alguna tardes a charlar o hacer lo que demonios hagan las chicas de dieciséis años cuando se juntan.
Andrei lo sabia, y reconocer la voz y saber donde estaba Laura fue todo uno.
A los diez minutos, el cabestro estaba aporreando la puerta de la casa de la amiga, exigiendo a gritos que saliera Laura.
Laura y la amiga, después de hacerse caquita encima, deciden que lo mejor va a ser que Laura salga y se lleve al energúmeno de allí, pues los papás de la amiga están por volver y no va a ser cosa de montar un escándalo, que los vecinos ya empiezan a mosquearse y las mirillas a parpadear.
Laura, con el ánimo de cristiano que salta a la arena del Coliseo, abre la puerta, sale, y la cierra tras de si.
En este punto, la versión es algo confusa, pero a los fines que a mi me interesaban, resulta que Andrei, tras tratar a su novia de puta para arriba, la da un par de leches, y a los cinco segundos, arrepentido, intenta besar a la niña, que lógicamente se niega.
El capullo de Andrei, ante lo injusto de la reacción de Laura, le mete un bocado en el cuello al más puro estilo Tyson.
Tras zafarse como puede del cariñoso abrazo de su ex, Laura consigue que su amiga le abra la puerta y la refugie.
La amiga, tras entender habilmente que el arrobo de las mejillas de Laura no era por darse el colorete y ver el moratón del cuello, sintió una imperiosa y urgente necesidad de visitar el baño --desde aquel día, y van siete meses, no caga duro-- y le dice a Laura que casi va a ser mejor que se marche no vaya a ser que el angelito vuelva y la tome con las dos.
Ante la valiente actitud de su ya examiga y con la seguridad de que su también exnovio la estaba esperando en la calle para tener algo más que palabras, Laura salió a la calle.
El instinto de Laura no había fallado. Tras caminar unos metros por la calle en dirección a su casa, se paró en seco al adivinar al otro lado de la calle, tras los primeros árboles que anunciaban el parque, una sombra sospechosa que se movía a la vez que ella.
Andrei, al verse descubierto, se dirigió en línea recta hacia Laura para terminar la faena, cruzando sin mirar la calle.
Un coche que pasaba estuvo a punto de atropellarlo y se vio obligado a frenar de golpe.
El ruido de los neumáticos chirriar contra el asfalto hizo girar la cabeza tanto a Andrei como a Laura.
Ni uno ni otro creyeron lo que vieron.
Para alegría de Laura y desesperación de Andrei, el coche que había frenado era de la policía local.
Los policías, adivinando que allí no se cocía nada bueno, orillan el vehículo y uno de los dos miembros de la dotación se baja del coche justo a tiempo para recoger a Laura, que se lanzaba en sus brazos pidiendo socorro, y ver como el machito de Andrei tomaba las de villadiego a la carrera.
El poli, que por suerte era joven, dejó a Laura al cuidado de su compañero, y corrió tras el valiente.
A los pocos minutos volvió con el bueno de Andrei hecho un paquetito, esposado y listo para setenta y dos horas de detención por cuenta del estado. El olor a mierda de Andrei evidenciaba que se había cagado.
Los policías llamaron a otra dotación para que acompañara a Laura a casa.
Mientras Laura esperaba, no podía oír lo que Andrei decía desde el interior del vehículo policial, pero si podía ver el odio que destilaba su mirada.
- Todo esto ocurrió ayer, terminó Ana, y nos han dicho que nos conviene pedir una orden de protección.
Tras casi un minuto de silencio, en el que intenté sin éxito asimilar el relato, cotesté.
- Les han aconsejado bien.
Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta que hasta entonces Laura no había dicho ni una sola palabra.
Ante las posibles confusiones por la acepción de la palabra imprudente, (ver este hilo de comentarios)provocadas más bien por las variaciones entre el español de España y el de diversos países de habla hispana; siempre viene bien una aclaración.

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